A modo de Introducción —«La ilustre poética del recetario propio»—:
Tengo en gusto, desde siempre, el convidar. Mi legado culinario, nuestra herencia gastronómica, posee el valor de la acción que acompaña al verbo: Cocinar es atributo de intensidad humana. El obrador de la palabra, más que animal y racional es persona cotizada, se ocupa en el espacio como sujeto. En torno a la mesa, asoma la honradez el agricultor, la ganadería, el pescado y alguna que otra química. A la luz, impoluta, de la atmósfera solar, el arcoíris alimenticio principia y termina en el agua, la inapreciable mediadora entre insumos elementales y productos elaborados con industria. Ni la literatura se come, ni la comida se lee, y sin embargo, ambas a dos son, o pueden llegar a ser: Arte, cultura y alimento: Ambrosía. El agua fluyente …significando… la plácida sed.
El ingrediente suele serlo casi todo, si bien, más que nada, la receta importa y exporta. Cuanto más sencilla, mejor requiere la materia prima. Devorar con la vista, salivar el olfato, relamerse en el tacto y privar el oído son sinestesias a pedir de boca. Los más complejos primores miden sus palabras en sentidos polisémicos. La miel de azahar es naranja y limón. Un habla escrita, un fruto en flor, que conlleva su tiempo. La densidad en la lengua pone a prueba el sexto sentido.
Deliciosa poesía es la lectura en voz de una buena cocina. El apátrida manjar de la escuela por el gusto. La fresquera u hogar donde el libro es ilustrado; como paladar que nace y se hace, sabiendo apreciar la sustancia; la especie propia del terruño, la almendra: Alacant, «la millor terreta del món».
«Una es la calidad, otro los gustos.»
